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Mutuactivos Semanal - Blog Mutuactivos

Agosto y Scott Bessent

Publicado por Ignacio Dolz de Espejo | 26 de agosto de 2026

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Agosto, por ahora, está siendo un mes de ida y vuelta para los mercados. La primera parte estuvo marcada por la relajación de las tensiones entre EE.UU. e Irán y, sobre todo, por unos datos macroeconómicos que apuntaban a una desaceleración ordenada de la economía estadounidense que hacía pensar en una Reserva Federal menos agresiva. El resultado fue una bolsa al alza y la caída de las rentabilidades de la deuda (subida en precio). La segunda mitad, en cambio, Trump volvió a discutir con Irán, volvieron las preocupaciones sobre la inflación y mucha presión sobre los tipos a largo plazo. El mercado comenzó a mirar más allá del ciclo económico para centrarse en un problema estructural: la sostenibilidad fiscal de EE.UU. y su creciente necesidad de financiación. Las ganancias de los primeros días han dejado paso a un mercado más o menos plano. Pero como veremos, el oro y el dólar han sido algunos de los protagonistas.  

Otro ha sido Scott Bessent, Secretario del Tesoro de EE.UU.. Hace unos días decidió aumentar las recompras de bonos del Tesoro con vencimientos largos. El Gobierno ha comenzado a comprar parte de la deuda emitida a un plazo determinado para intentar mejorar la liquidez del mercado y aliviar la presión que estaba sufriendo el tramo más largo de la curva, donde en EE.UU. están referenciadas las hipotecas. La reacción inicial fue positiva. Los precios de los bonos subieron, sus rentabilidades bajaron y los mercados interpretaron la medida como una señal de apoyo. Pero el alivio fue breve. Un día después, las rentabilidades volvieron a acercarse a los niveles previos. Y esa rapidez con la que desapareció el efecto de la medida es, probablemente, mucho más importante que la medida en sí.   

Scott Bessent, el Secretario del Tesoro de EE.UU., ha comprado deuda a largo plazo para estabilizarla.

Cuando hablamos de tipos de interés solemos pensar inmediatamente en la Reserva Federal. Sin embargo, lo que está ocurriendo actualmente es distinto. Aunque el mercado sigue esperando bajadas de tipos oficiales a medio plazo, las rentabilidades de los bonos a diez y treinta años se mantienen elevadas. Es decir, los inversores están exigiendo una remuneración adicional para prestar dinero a muy largo plazo al Gobierno estadounidense. ¿Por qué? 

Porque el debate ya no gira solo en torno a la inflación o a las próximas decisiones de la Reserva Federal. Cada vez más inversores están empezando a mirar las cuentas públicas estadounidenses. El país continúa creciendo, mantiene una economía extraordinariamente dinámica y conserva unas ventajas financieras que ningún otro país posee. Sin embargo, también mantiene déficits muy elevados y necesita emitir cantidades crecientes de deuda año tras año. 

Durante mucho tiempo el mercado aceptó esta situación sin exigir una compensación significativa. Hoy parece estar empezando a hacerlo. Y eso nos lleva a un concepto importante: la prima por plazo. Cuando un inversor compra un bono a diez o treinta años no solo intenta anticipar dónde estarán los tipos de interés oficiales en el futuro. También exige una compensación “extra” por asumir todas las incertidumbres que pueden aparecer durante ese periodo: inflación, cambios políticos, aumento de la deuda o simplemente un exceso de oferta de bonos. Cuanto mayor es esa incertidumbre, mayor es la rentabilidad exigida. El mercado está reclamando una remuneración más alta para financiar a Estados Unidos durante periodos muy largos.  

Las consecuencias van mucho más allá del mercado de deuda. Un bono americano a 10 años al 5% compite con prácticamente cualquier otro activo financiero. 

Si el activo considerado más seguro del mundo ofrece rentabilidades elevadas, es una alternativa a la bolsa. Además, cuando las empresas valoran proyectos a largo plazo su valor es menor hoy por el mero hecho de tener tipos elevados a largo plazo al descontar los flujos de caja a unos tipos determinados (descuento de flujos de caja).  

Toda esta situación ha dado visibilidad a una tesis cada vez más popular entre algunos inversores: el llamado debasement trade.  

La idea es relativamente sencilla. Si un país acumula mucha deuda durante un periodo prolongado, los inversores empiezan a preguntarse cómo terminará gestionándola. Puede hacerlo mediante disciplina fiscal, reduciendo déficits y estabilizando la deuda. Puede aceptar tipos de interés elevados durante años y soportar el coste económico que eso implica. O puede terminar recurriendo a políticas monetarias más acomodaticias que reduzcan gradualmente el valor real de esa deuda. Cuando el mercado percibe que un gobierno tendrá que emitir cada vez más deuda, la primera consecuencia suele producirse en los bonos. Una mayor oferta obliga a atraer compradores mediante rentabilidades más elevadas y eso provoca caídas en el precio de los títulos ya emitidos.  

Pero Estados Unidos no solo necesita financiar sus déficits públicos. También necesita atraer de forma constante ahorro internacional para financiar su economía. Mientras los inversores extranjeros consideren que los activos estadounidenses ofrecen una combinación atractiva de rentabilidad, seguridad y estabilidad institucional, ese capital seguirá llegando con normalidad. Sin embargo, si empiezan a exigir una compensación mayor por el riesgo fiscal o simplemente deciden diversificar una parte de sus inversiones hacia otros mercados, la demanda de activos denominados en dólares puede moderarse. 

No es necesario que se produzca una venta masiva de activos estadounidenses para que el dólar pierda valor. Basta con que la demanda adicional de dólares crezca a un ritmo inferior al de las necesidades de financiación de Estados Unidos. Si el país necesita emitir cada vez más deuda para cubrir déficits crecientes pero los inversores extranjeros no aumentan su exposición al mismo ritmo, el ajuste puede producirse gradualmente a través de una moneda más débil.  

Por eso muchos inversores entienden el debasement trade como una misma idea expresada de tres formas diferentes. Castigo a bonos de larga duración porque el exceso de deuda presiona las rentabilidades al alza. Caída del dólar por reducción en los flujos de compra y subida en el precio de activos reales no vinculados al papel moneda, como el oro o el Bitcoin. Su principal ventaja es que no representa el pasivo de nadie. No depende de la solvencia de un gobierno, de un banco central o de una empresa. 

Es precisamente esta lógica la que explica las posiciones de algunos inversores como Ray Dalio o Stanley Druckenmiller. Ambos llegan a conclusiones similares por caminos diferentes. Les preocupa menos una crisis inmediata y más un proceso prolongado en el que el aumento de la deuda termine deteriorando el atractivo relativo de los bonos estadounidenses y del dólar.  

Pero, por ahora, no nos preocupemos demasiado. Todo esto ha pasado en agosto, mes con menor liquidez en el que el mercado exagera los movimientos. La divisa estadounidense sigue siendo la principal moneda de reserva mundial, continúa dominando el sistema financiero internacional y cuenta con unos mercados de capitales cuya profundidad no tiene comparación con la de ninguna otra economía. 

El contenido del presente documento tiene una finalidad meramente informativa, no es y no puede considerarse asesoramiento en materia de inversión u opinión legal, no pretendiendo reemplazar al asesoramiento necesario en esta materia y no constituyendo una oferta de compra o venta.

Todas las opiniones y estimaciones facilitadas están elaboradas en base a fuentes consideradas como fiables. No obstante lo anterior, Mutuactivos no puede garantizar que sean exactas o completas y no asume responsabilidad alguna por cualquier pérdida, directa o indirecta, que pudiera resultar del uso de las informaciones facilitadas en este documento.

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