Publicado por Si Lo Hubiera Sabido | 23 de abril de 2026
En los últimos meses, Estados Unidos ha empezado a mostrar una tensión creciente en la liquidez del sistema financiero. No se trata de una crisis abierta, pero sí de un fenómeno que ayuda a explicar movimientos como la corrección del bitcoin, el cambio en el apetito por el riesgo o incluso el choque político entre Donald Trump y la Reserva Federal.
Cuando la liquidez empieza a escasear, el sistema financiero se vuelve más frágil. El dinero se encarece, la financiación se vuelve más selectiva y los bancos tienen menos margen para absorber tensiones. Si este proceso se prolonga, pequeñas grietas pueden transformarse en problemas mayores. Y cuando esto ocurre en Estados Unidos, el impacto no se queda dentro de sus fronteras: afecta a todo el sistema financiero global.
¿Qué ocurre?
La liquidez no ha desaparecido, pero sí se ha vuelto más cara y difícil de captar. Refinanciar deuda cuesta más, los inversores reducen riesgos y activos que antes actuaban como refugio dejan de cumplir esa función. Uno de los primeros síntomas ha sido la caída sostenida de las reservas bancarias, que han descendido por debajo de los tres billones de dólares. Esto reduce la capacidad de los bancos para inyectar dinero cuando el sistema lo necesita.
Por ahora, el precio del dinero a muy corto plazo no muestra señales extremas de estrés. El SOFR, que refleja el coste de financiarse de un día para otro con bonos del Tesoro como garantía, se mantiene relativamente estable y apenas por encima del tipo de referencia de la Reserva Federal.
Sin embargo, hay otro indicador que ha empezado a llamar la atención de los mercados: el uso de la Facilidad de Recompra Permanente de la Fed, una válvula de emergencia a la que los bancos solo suelen acudir cuando la liquidez privada empieza a fallar. Su reactivación en los últimos meses, aunque moderada, sugiere que el dinero ya no circula con la misma fluidez.
¿Por qué?
Detrás de esta situación hay tres factores principales. El primero es regulatorio. Tras la crisis financiera, los bancos quedaron sujetos a normas más estrictas, como el ratio de cobertura de liquidez, que les obliga a mantener grandes volúmenes de activos fácilmente convertibles en efectivo. Esta prudencia fortalece al sistema, pero también inmoviliza liquidez que ya no circula libremente.
El segundo factor es fiscal. El Gobierno de Estados Unidos lleva más de dos décadas gastando sistemáticamente más de lo que ingresa. En 2025, el déficit federal rondó los 1,8 billones de dólares, cerca del 6% del PIB. Para financiarlo, el Tesoro emite enormes cantidades de deuda que absorben liquidez del sistema. Cada bono que compra un inversor es dinero que deja de estar disponible para financiar a empresas o bancos.
El tercer elemento es monetario. Tras años inyectando dinero de forma masiva, la Reserva Federal ha reducido su balance desde casi nueve billones de dólares hasta alrededor de 6,5 billones. Este ajuste cuantitativo ha drenado liquidez del sistema. A finales de 2025, la Fed puso fin oficialmente a este proceso, pero detener el drenaje no equivale a volver a inyectar dinero. El depósito dejó de vaciarse, pero no se ha vuelto a llenar.
La Reserva Federal ha actuado con cautela porque su margen es limitado. Relajar la política demasiado pronto podría reavivar la inflación, pero mantenerla restrictiva demasiado tiempo aumenta el riesgo de tensiones financieras. Además, el debate interno sobre el futuro de la política monetaria sigue abierto, con figuras influyentes que abogan por retomar el ajuste para evitar que la política fiscal condicione al banco central.
Cuando la liquidez empieza a escasear, el sistema financiero se vuelve más frágil. El dinero se encarece, la financiación se vuelve más selectiva y los bancos tienen menos margen para absorber tensiones.
¿Qué efectos puede tener?
Estas tensiones aún son leves, pero sus efectos empiezan a notarse. El coste de financiación aumenta para empresas, bancos y gobiernos. La economía pierde tracción, como un motor que funciona con el freno de mano puesto. Los bancos más expuestos a activos poco líquidos o a vencimientos a corto plazo son los primeros en sentir la presión.
En los mercados, la escasez de liquidez suele traducirse en mayor volatilidad. Los inversores venden primero los activos con más riesgo para obtener efectivo, lo que amplifica las caídas. En los últimos meses, este patrón se ha visto con claridad: el bitcoin llegó a caer más de un 40%, en parte por la retirada de liquidez. Cuando el dinero escasea, los activos especulativos son los primeros en sufrir.
Dado que Estados Unidos es el corazón del sistema financiero global, cualquier tensión en su liquidez se transmite al resto del mundo. El crédito se encarece, el apetito por el riesgo disminuye y la incertidumbre aumenta. Por ahora no estamos ante una crisis, pero sí ante un recordatorio claro de hasta qué punto la liquidez sigue siendo el verdadero oxígeno de los mercados.
De todo esto hablamos en el nuevo episodio de Si Lo Hubiera Sabido, el canal de información financiera de Mutuactivos.
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