Mutua Madrileña
Comunicación Corporativa
Sensores, algoritmos y señales dinámicas permiten gestionar el tráfico para reducir la congestión, mejorar la seguridad y disminuir las emisiones.
La ampliación sistemática de carriles ha demostrado sus límites a la hora de atajar la saturación en los accesos a las grandes urbes. Un hecho que obliga a los expertos a cambiar de estrategia y diseñar sistemas digitales capaces de regular la circulación antes de que se produzca el colapso. El estado de California ha puesto en marcha un proyecto piloto en un tramo de 8 millas (aproximadamente 13 kilómetros) en la Interestatal 15, concretamente entre las localidades de Temecula y Murrieta. Con un presupuesto de 33 millones de dólares, la Comisión de Transportes del Condado de Riverside evalúa un modelo de gestión activa que modifica el flujo de entrada de los vehículos mediante tecnología automatizada.
La arquitectura de esta autopista estadounidense se basa en una red de sensores integrados en la calzada, medidores de intensidad y algoritmos de control preprogramados. La intervención más directa sobre el conductor ocurre en las rampas de acceso, donde se han instalado semáforos inteligentes, un elemento que está cobrando protagonismo en los últimos años. Este mecanismo interrumpe el paso de los vehículos antes de su incorporación al tronco principal, manteniendo el semáforo en rojo durante periodos de hasta cuatro minutos según las condiciones de la vía. La retención dosificada en los accesos evita las trenzadas violentas de tráfico en el carril derecho y ayuda a conservar la fluidez en los carriles centrales.
La arquitectura de esta autopista estadounidense se basa en una red de sensores integrados en la calzada, medidores de intensidad y algoritmos de control preprogramados
Junto a la dosificación en las entradas, el sistema despliega paneles digitales de mensaje variable que aconsejan la velocidad óptima de marcha. El propósito radica en mitigar las ondas de frenado que desencadenan las retenciones en cadena. Los primeros balances de infraestructuras similares instaladas en el área urbana de Denver reflejan reducciones en los tiempos de recorrido cercanas al 20%. En experiencias equivalentes desarrolladas en corredores viales de Australia, los índices de congestión experimentaron descensos situados entre el 35% y el 65%.
En la red viaria española, el exponente más avanzado de este concepto se sitúa en la autopista AP-7 en Cataluña. El Servicio Catalán de Tráfico mantiene operativo un trazado de unos 150 kilómetros entre El Vendrell (Tarragona) y Maçanet de la Selva (Girona) donde el límite estático de 120 km/h ha dejado de ser una referencia fija. Mediante un sistema basado en inteligencia artificial, la velocidad máxima permitida se modifica en tiempo real en función del volumen de intensidad circulatoria, las inclemencias meteorológicas como niebla o lluvia intensa y la presencia de incidentes.
La infraestructura catalana procesa de forma constante las métricas captadas por cámaras, sistemas de visión y sensores combinados con IA. Los algoritmos calculan la velocidad adecuada para cada tramo y la proyectan en los pórticos luminosos de la carretera. Estos límites son de obligado cumplimiento para los conductores, y los radares fijos y móviles adaptan automáticamente sus umbrales de sanción a la cifra indicada en la señalización electrónica.
Desde una perspectiva operativa y ambiental, la homologación del ritmo de circulación minimiza los arranques y paradas continuados, un factor determinante en la reducción del consumo de carburante y las emisiones de dióxido de carbono, así como en el riesgo de accidentes por alcance. La transformación de estas vías rápidas confirma un cambio de paradigma: la carretera abandona su condición de soporte físico pasivo para convertirse en una red digital capaz de regular activamente la oferta de espacio vial.