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15 destinos para disfrutar de los paisajes más espectaculares del otoño
El verano ya es historia. Llega el tiempo de los ocres y los dorados, de la chaqueta para cuando cae la noche y de las escapadas de fin de semana sin prisa ni aglomeraciones. Te proponemos cargar pilas y disfrutar de esos paisajes de ensueño de los que España anda sobrada.
Pocas estaciones transforman tanto el paisaje en tan poco tiempo. Y en un país tan diverso como España, el otoño no llega a todas partes a la vez. Los hayedos del Pirineo y de la cordillera Cantábrica suelen encenderse a finales de octubre, en las sierras del sur el color se hace esperar hasta bien entrado noviembre y en Canarias hay bosques que apenas cambian de verde. Eso significa que, vivas donde vivas, probablemente tengas cerca algún rincón en su mejor momento. Para dar con él, una app de turismo de proximidad puede ser una buena brújula. Aquí van quince de nuestros favoritos, repartidos por todo el país.
1. Selva de Irati (Navarra)
En el Pirineo navarro, casi en la frontera con Francia, se extiende uno de los mayores bosques de hayas y abetos de Europa: unas 17.000 hectáreas que en otoño se convierten en un mosaico de amarillos, naranjas y rojos. Desde Ochagavía u Orbaizeta parten rutas sencillas, como la de la cascada del Cubo o la que rodea el embalse de Irabia. Junto a Orbaizeta se conservan además las ruinas de una fábrica de armas del siglo XVIII, instalada allí por la abundancia de madera y agua. Para reponer fuerzas, queso de Roncal o Idiazabal, migas de pastor y cordero.
2. Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido (Huesca)
Cañones profundos, hayedos, abetales y cascadas a los pies del Monte Perdido, que con 3.355 metros es uno de los macizos calcáreos más altos de Europa. Ordesa fue declarado parque nacional en 1918, el mismo año que Covadonga: son los dos más antiguos de España. La ruta clásica recorre el valle desde la pradera hasta la cascada de la Cola de Caballo, y quien busque más desnivel puede subir por la Senda de los Cazadores. Torla y Broto son el campamento base ideal, y un ternasco de Aragón, el mejor cierre de la jornada.
3. Zona volcánica de La Garrotxa (Girona)
Una cuarentena de conos volcánicos convierten esta comarca en el mejor ejemplo de paisaje volcánico de la Península. El paseo más querido atraviesa la Fageda d'en Jordà, un hayedo que crece sobre la colada de lava del volcán Croscat, y sube al volcán de Santa Margarida, en cuyo cráter cubierto de hierba se levanta una pequeña ermita. En la mesa, la llamada cuina volcànica de Olot y las alubias de Santa Pau.
4. Picos de Europa (Asturias, Cantabria y León)
El primer parque nacional de España, creado en 1918 con el nombre de Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, despliega en otoño hayedos encendidos, lagos de montaña y desfiladeros vertiginosos. La Ruta del Cares recorre unos 12 kilómetros excavados en la roca entre Poncebos y Caín, los Lagos de Covadonga regalan algunas de las vistas más famosas del norte y el teleférico de Fuente Dé sube en pocos minutos a lo alto de un circo glaciar. En esta época, además, se escucha la berrea. Para comer, queso de Cabrales, cocido lebaniego en Potes o fabada en Cangas de Onís.
5. Fragas do Eume (A Coruña)
En gallego, fraga es un bosque mixto. Aquí, robles, castaños, abedules y avellanos acompañan al río Eume a lo largo de unas 9.000 hectáreas, en uno de los bosques atlánticos de ribera mejor conservados de Europa. Los senderos junto al río y los helechos gigantes crean una atmósfera casi selvática, y en su corazón, encaramado sobre el río, se esconde el monasterio de Caaveiro, fundado en el siglo X. La escapada se completa con marisco en Pontedeume o con la célebre tortilla de Betanzos, muy cerca.
Vivas donde vivas, probablemente tengas cerca algún rincón en su mejor momento
6. Las Médulas (León)
Picachos rojizos rodeados de castaños centenarios. Este paisaje de aspecto casi marciano es la huella de la mayor mina de oro a cielo abierto del Imperio romano, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1997. Los romanos derrumbaban montañas enteras inyectando agua en galerías, una técnica que Plinio el Viejo llamó ruina montium. La mejor panorámica se obtiene desde el Mirador de Orellán, y en otoño los castaños añaden el contraste dorado. En la mesa, botillo del Bierzo, pimientos asados y castañas.
7. Hayedo de Tejera Negra y los Pueblos Negros (Guadalajara)
En la Sierra Norte de Guadalajara se esconde uno de los hayedos más meridionales de Europa, que en otoño pinta de cobre las laderas. Desde 2017 forma parte del bien de la Unesco que agrupa los hayedos primarios y antiguos de Europa, junto a bosques de los Cárpatos y de otros países. La Senda de Carretas, que sale desde Cantalojas, es la forma más cómoda de recorrerlo, aunque conviene saber que el acceso en coche está regulado en temporada alta. La escapada se completa con los pueblos de pizarra negra, como Valverde de los Arroyos, la chorrera de Despeñalagua y un buen cabrito asado.
8. Castañar de El Tiemblo (Ávila)
En la Reserva Natural del Valle de Iruelas, este castañar es uno de los grandes clásicos del otoño en el centro peninsular. Los senderos discurren entre hojas doradas y erizos hasta su ejemplar más famoso, El Abuelo, de unos 500 años. En temporada alta el aforo está limitado y puede ser necesario reservar. A pocos kilómetros esperan los Toros de Guisando, esculturas vettonas de más de 2.000 años, y en la mesa, judías de El Barco y chuletón de Avileña.
9. Parque Nacional de Cabañeros (Ciudad Real y Toledo)
Llanuras salpicadas de encinas, rodeadas de sierras de monte mediterráneo, que le han valido el apodo de Serengueti español. Entre mediados de septiembre y octubre se celebra aquí la berrea, cuando los ciervos braman y se enfrentan durante el celo, y los centros de visitantes organizan rutas guiadas y salidas en todoterreno para observarla sin molestar a los animales. Con suerte, también se ven el águila imperial o el buitre negro. Para comer, migas manchegas, caza y queso manchego.
10. Valle del Jerte (Cáceres)
Es famoso por la floración de los cerezos en primavera, pero en otoño esos mismos árboles se vuelven rojos y anaranjados, junto a castaños y robles. El valle lo celebra con la Otoñada, un programa de rutas, gastronomía y actividades. La visita imprescindible es la Reserva Natural de la Garganta de los Infiernos, con las pozas de Los Pilones, grandes ollas de granito pulidas por el agua durante miles de años. Y para llevarse a casa, cerezas en licor o en mermelada.
11. Sierra de Aracena y Picos de Aroche (Huelva)
Castañares, alcornocales y dehesas rodean pueblos blancos como Alájar, Fuenteheridos o Aracena. Es tiempo de montanera, la temporada en que los cerdos ibéricos engordan con bellotas, y también de setas, así que la mesa está servida: jamón de bellota de la DOP Jabugo, setas y castañas. En Aracena merece la pena bajar a la Gruta de las Maravillas, que en 1914 se convirtió en la primera cueva de España acondicionada para el turismo.
12. Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas (Jaén)
Con más de 200.000 hectáreas, es el mayor espacio natural protegido de España, y aquí nace el Guadalquivir. Sus pinares se mezclan en otoño con arces, quejigos y álamos que cambian de color. La ruta del río Borosa, con la Cerrada de Elías y sus pasarelas, es una de las más bonitas de Andalucía, y es fácil cruzarse con ciervos, cabras montés y muflones. Para comer, andrajos, cordero segureño y aceite de oliva virgen extra.
13. Rioja Alavesa (Álava)
En otoño, los viñedos que se extienden a los pies de la Sierra de Cantabria se tiñen de rojos y amarillos tras la vendimia. Laguardia, villa amurallada sobre un cerro, es el punto de partida perfecto, y bajo sus calles se extiende una red de bodegas excavadas en la roca, los calados. La comarca combina bodegas centenarias con arquitectura de vanguardia, como Ysios, de Santiago Calatrava, o la de Marqués de Riscal en Elciego, firmada por Frank Gehry. Todo ello, regado con vino de Rioja y acompañado de patatas a la riojana o chuletillas al sarmiento.
14. Menorca (Islas Baleares)
Fuera de temporada, la isla, Reserva de la Biosfera desde 1993, recupera la calma. Las calas casi vacías y las temperaturas suaves, que en octubre aún rondan los 20 grados, invitan a recorrerla a pie por el Camí de Cavalls, un sendero de unos 185 kilómetros que da la vuelta completa a la costa y puede hacerse por etapas cortas entre calas, faros y acantilados. Entre etapa y etapa, queso Mahón-Menorca, sobrasada o una caldereta de langosta.
15. Parque Nacional de Garajonay (La Gomera)
Un bosque de laurisilva envuelto en niebla en el corazón de La Gomera, Patrimonio de la Humanidad desde 1986. Es uno de los mejores ejemplos que quedan de esta vegetación, que en la Era Terciaria cubría buena parte del sur de Europa, y buena parte de su humedad procede de la llamada lluvia horizontal: las gotas de niebla que los árboles atrapan con sus hojas. La subida al Alto de Garajonay, a 1.487 metros, ofrece en días claros vistas al Teide, y la ruta del Cedro recorre la parte más húmeda del bosque. Para comer, almogrote y miel de palma.