Mutua Madrileña
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En el blog ÓN te contamos cómo refrescar tu casa en verano sin disparar la factura de luz con hábitos, soluciones eficientes y tecnología para ahorrar energía
El verano de 2026 está siendo especialmente exigente. Europa afronta el calor estival con temperaturas que rondan o superan los 40 °C en Madrid, París y otras capitales, y los termómetros han llegado a marcar valores aún más altos en zonas del interior peninsular. No es un episodio aislado: según la Organización Meteorológica Mundial y el observatorio Copernicus, Europa es el continente que se calienta a mayor velocidad, al doble de la media mundial. Mantener la casa fresca ha dejado de ser una cuestión de comodidad para convertirse también en un asunto de salud, sobre todo para mayores, niños y personas vulnerables. De hecho, la OMS estima que unas 200.000 personas han muerto en Europa por causas relacionadas con las olas de calor en los últimos cuatro años, lo que da una idea de la importancia de afrontar bien estos meses.
La buena noticia es que existen muchas formas de ganar frescura sin que el contador se dispare. La primera y más sencilla no requiere tecnología alguna: anticiparse al sol. Bajar persianas y cerrar ventanas durante las horas centrales del día, y ventilar a primera hora de la mañana y al anochecer, evitando que el calor entre en casa y reduciendo notablemente la necesidad de climatización. A esta estrategia se puede sumar el poder de las plantas. La vegetación actúa como un escudo térmico natural: a través de la transpiración, las plantas liberan vapor de agua que enfría el aire de su entorno, un proceso conocido como evapotranspiración. Colocar plantas de hoja grande como la higuera, el bambú o la parra virgen en fachadas, terrazas o balcones orientados al sur puede reducir la temperatura superficial de los muros varios grados. En el interior, especies como el ficus o la palmera areca no solo aportan frescura visual sino que contribuyen a regular la humedad ambiental, haciendo el calor más llevadero sin consumo eléctrico alguno.
La vegetación actúa como un escudo térmico natural: a través de la transpiración, las plantas liberan vapor de agua.
Sobre esa base, la domótica añade precisión. Las persianas y toldos motorizados pueden programarse o accionarse desde el móvil, e incluso bajar automáticamente cuando un sensor detecta que el sol incide con intensidad, algo especialmente útil cuando no hay nadie en casa para hacerlo a tiempo. Para que todos estos dispositivos funcionen sin interrupciones, la conectividad WiFi del hogar resulta tan importante como el propio aparato. Un router con cobertura insuficiente o muerta en ciertas zonas puede dejar sin control remoto precisamente los equipos que más se necesitan en un día de máximo calor. Los sistemas de red en malla, conocidos como mesh WiFi, eliminan los puntos ciegos distribuyendo la señal de forma uniforme por toda la vivienda, incluidos pasillos, garajes o zonas de servicio donde suelen instalarse calderas y unidades exteriores de aire acondicionado. Invertir en una buena red doméstica es, en este sentido, la infraestructura invisible sobre la que descansa todo el hogar inteligente.
El otro gran aliado es el termostato inteligente. Estos dispositivos aprenden las rutinas del hogar y ajustan la temperatura de forma automática, evitando que el aire acondicionado trabaje más de lo necesario.
Conviene recordar que el uso responsable del equipo importa tanto como el equipo en sí: mantener el termostato entre 24 y 26 °C es suficiente para estar cómodo sin derrochar, y basta con una diferencia de unos cinco grados respecto al exterior para lograr una sensación agradable. Los modos Eco y Sleep, presentes en la mayoría de los aparatos, ayudan a reducir el consumo durante la noche y en las horas de menor ocupación.
Si se va a instalar o renovar el aire acondicionado, la elección del modelo marca una diferencia enorme a largo plazo. Los equipos con tecnología inverter y etiqueta energética A son los más eficientes; un aparato bien clasificado puede consumir más de un 50 % menos que uno antiguo. En zonas de clima seco, los sistemas de refrigeración evaporativa logran rebajar varios grados la temperatura con un gasto eléctrico mínimo, una opción interesante en buena parte del interior peninsular.
A todo ello se suman pequeños dispositivos que, sin grandes inversiones, optimizan el conjunto. Los enchufes inteligentes permiten programar apagados y evitar consumos innecesarios; las aplicaciones de monitorización muestran en tiempo real qué aparatos gastan más y ayudan a corregir hábitos; y los ventiladores de techo de bajo consumo, combinados con el aire acondicionado, permiten subir un par de grados el termostato manteniendo la misma sensación de frescor. En esta misma línea, conviene saber que los propios dispositivos WiFi y routers generan calor y, si están mal ubicados o acumulan polvo, pueden añadir temperatura innecesaria a una habitación. Ubicarlos en zonas ventiladas y mantenerlos limpios es un detalle menor pero que suma.