Los drones y cómo ayudan a salvar vidas en zonas de conflicto

Los drones y cómo ayudan a salvar vidas en zonas de conflicto

El uso de estos dispositivos de vanguardia transporta desde medicamentos o sangre, y mejora el acceso a suministros básicos como el agua mientras traza rutas de ayuda.

  • 20 de marzo de 2026
  • 2 minutos

La memoria es igual que mover baúles secretos del pensamiento. Estamos en 2015. Hace poco más de una década. La Bienal de Arquitectura de Venecia encargó un proyecto humanitario a Norman Foster. Quizá el mejor arquitecto de las últimas seis décadas. Adelantado, como siempre, a su tiempo presentó lo que él llamó un Droneport. África es el continente que tiene —acorde con el Banco Mundial— más pobres del mundo. Así que el genio británico imaginó, y diseñó, una bóveda creada con sencillos trozos de ladrillo y argamasa que se apoya sobre cuatro pilares. Al igual que se ha construido desde los tiempos del Renacimiento o mucho antes. Había dos diferencias. La bóveda, en vez de estar suspendida, estaba apoyada en el suelo. La otra era su utilidad, no era embellecer o soportar peso. Era un puerto de drones cuya misión esencial pasaba por transportar sangre a zonas remotas o en conflicto. Un dron era capaz de suministrar ese tejido líquido a una velocidad y una distancia no vistas. Y, sobre todo, a un coste bajísimo. Él explicó su idea con idéntica sencillez y destreza con la que dibuja. “Permite el aterrizaje seguro de drones silenciosos en una zona densamente poblada e incluye una clínica de salud, un taller de fabricación digital, una sala de correo y mensajería, y un centro de comercio electrónico, lo que facilita integrase en la vida de la comunidad local”. Norman Foster sabía que la memoria es igual que mover baúles secretos del pensamiento. 

Solo una década después de una belleza de idea, vivimos otros tiempos y estos aparatos se han convertido, también, en máquinas que dañan. Tienen esa utilización, acorde al argot militar, de “dual”. “Pero existe algo muy simbólico, y casi poético, en ver cómo una tecnología concebida y desarrollada durante años con lógica militar acaba encontrando su mejor versión cuando se utiliza para salvar vidas”, reflexiona el tecnólogo y profesor de Innovación del Instituto de Empresa Business School, Enrique Dans. “Durante mucho tiempo, su imagen pública ha sido una sombra en el cielo. Hoy, en bastantes lugares del planeta, esa misma sombra puede significar esperanza”. En campos de refugiados y zonas bajo conflicto, sin infraestructuras o muy dañadas, transporta sangre, antibióticos, vacunas o material quirúrgico a través de terrenos inaccesibles; en cuestión de minutos cambia de forma radical la ecuación. “Durante una emergencia médica, el tiempo no es dinero: es vida. Y reducir horas a minutos puede marcar la diferencia entre sobrevivir o perecer”, subraya el docente. La tecnología tiene dos direcciones. Depende para que se use. Puede transportar destrucción o una bolsa de plasma y esperanza. Es la condición humana quien decide nunca la máquina. 

Este es solo el principio del comienzo de sus capacidades. En tareas de búsqueda y rescate, los drones han demostrado un potencial enorme. Equipados con cámaras de alta resolución, sensores térmicos o sistemas de mapeo (crear mapas) en tiempo real, pueden sobrevolar edificios derrumbados, detectar señales de calor bajo los escombros y enviar información inmediata a los equipos de emergencia. En contextos —asegura Enrique Dans— donde cada réplica o cada derrumbe pone en riesgo a los rescatistas, limitar la exposición humana ya es en sí mismo un avance y una garantía de seguridad. 

Pero existe algo muy simbólico, y casi poético, en ver cómo una tecnología concebida y desarrollada durante años con lógica militar acaba encontrando su mejor versión cuando se utiliza para salvar vidas

Enrique Dans, tecnólogo y profesor de Innovación del Instituto de Empresa Business School.

Quizá uno de los aspectos más relevantes es el cambio de discurso en los párrafos de la innovación. Durante décadas, muchas tecnologías han seguido el camino del “Ejército al mercado civil”. Estos días leemos un relato distinto. Una tecnología —que aunque tenga su origen en lo militar— encuentra legitimidad social cuando demuestra su impacto positivo directo en la vida de personas vulnerables. Y la fragilidad es uno de los grandes espacios que sobrevuela esta tecnología. “Con drones se puede observar la localización de los refugiados, la dirección de sus movimientos, el acceso a suministros básicos como el agua, las mejores rutas de ayuda, su cercanía a las áreas de actividad militar, la estructura y funcionalidad de los campos de refugiados o la evaluación de riesgos ambientales como las zonas que sufren elevado peligro de inundación”, desgrana Roberto Scholtes, jefe de Estrategia de Singular Bank. Aunque tampoco hay que caer en un tecno-optimismo ingenuo. Los drones se continúan utilizando en entornos extremadamente complejos. La Unidad Militar de Emergencia (UME), por ejemplo, los emplea en lo que ellos denominan “escenarios exigentes”. Esa exigencia resulta civil. 

También existe un componente muy interesante de descentralización. Frente a las grandes operaciones logísticas tradicionales, los drones permiten micro-redes de distribución más ágiles y menos dependientes de infraestructuras centralizadas. En contextos donde la ayuda llega con dificultad, esa capacidad de ser flexibles resulta potencialmente muy valiosa. Es tecnología —lo hemos visto— que se adapta a la fragilidad. Dentro de un mundo saturado de discursos sobre inteligencia artificial (IA) aplicada a la publicidad, productividad o entretenimiento se trata de una reivindicación, casi social, recordar que innovar también puede centrarse en algo más básico y urgente: llevar esa sangre a tiempo, localizar un niño bajo los escombros o entregar insulina allí donde faltan carreteras. 

Claro que los drones pueden salvar vidas. La evidencia es un adverbio de afirmación: sí. Pero hacen falta —en esos términos al que recurre el discurso actual— marcos regulatorios, alianzas público-privadas y modelos operativos que prioricen ese uso humanitario frente a otros. “La tecnología, como casi siempre, nos ofrece posibilidades. Lo que hagamos con ella dice mucho más de nosotros que las máquinas”, indica Enrique Dans. Esa frase es también el eco del pensamiento de Gabriel Navarro, coordinador del grupo de Drones del Instituto de Ciencias Marinas (ICMAN-CSIC, Consejo Superior de Investigaciones Científicas). El experto cuenta tres experiencias. Los drones han ayudado en la Dana, el terrible incendio de Las Médulas (León), que tiene la calificación de Bien de Interés Cultural (el mayor grado posible de protección) y las inundaciones de Cádiz. “Nuestra misión básica es recopilar datos, a través de los drones, y enviarlos a los diferentes expertos en cada área para que puedan decidir casi en tiempo real”, sintetiza. Utilizan drones y sensores cada vez más sofisticados y adaptados a cada desafío concreto. En las antiguas minas auríferas romanas de Las Médulas trazaron un mapa preciso del BIC para que pudieran actuar expertos y determinar, por ejemplo, qué zonas habían perdido más cubierta vegetal y qué espacios eran los más afectados. En Cádiz han vigilado los niveles de los pantanos o los riesgos de deslizamientos y en la Dana, gracias a esos sensores, han podido ayudar en el comportamiento, pensemos, de los acuíferos. “Estas herramientas a las que se une la IA sirven para conocer”, indica Gabriel Navarro. Sabe que la memoria es igual que mover baúles secretos del pensamiento.  

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