Mutua Madrileña
Comunicación Corporativa
En la mayoría de casos, una fuga de gas da señales antes de convertirse en emergencias. La clave está en saber leerlas.
Cada año, más de 125 personas fallecen en España por intoxicación con monóxido de carbono y miles resultan heridas por incidentes relacionados con fugas de gas doméstico. La mayoría de estos accidentes podrían evitarse prestando atención a unas pocas señales y, también, contando con la tecnología adecuada en casa.
Se oye hablar mucho de alarmas antirrobo, cerraduras inteligentes o cámaras de vigilancia, pero hay un riesgo doméstico que sigue pasando demasiado desapercibido: las fugas de gas. Quizá porque el peligro no se ve, porque nos hemos acostumbrado a convivir con aparatos de gas sin pensar demasiado en ellos, o porque asumimos que “a mí no me va a pasar”. La realidad es que una fuga de gas puede provocar desde una intoxicación silenciosa hasta una explosión, y en la gran mayoría de los casos da señales antes de convertirse en emergencia. La clave está en saber leerlas.
Si la llama de tu cocina es amarilla o anaranjada en lugar de azul, significa que la combustión no se está produciendo correctamente.
El gas natural, el butano y el propano no tienen olor en su estado puro. Por eso, se les añade mercaptano, una sustancia que les da ese olor tan característico a huevo podrido. Si en algún momento percibes ese olor en casa, por leve que sea, no lo ignores: es la primera y más evidente señal de que algo no va bien.
Pero la nariz no es el único aliado. Hay otras señales que conviene conocer. Un silbido o zumbido suave cerca de las tuberías, las conexiones o los aparatos de gas indica que el gas está escapando por algún punto que no cierra bien. Si la llama de tu cocina es amarilla o anaranjada en lugar de azul, significa que la combustión no se está produciendo correctamente, y eso puede generar monóxido de carbono, un gas inodoro e incoloro que es especialmente peligroso porque no se detecta con los sentidos. Y si de repente notas mareos, dolor de cabeza, náuseas o una somnolencia rara que desaparece al salir de casa o al abrir las ventanas, tu cuerpo te está diciendo que algo en el aire no está bien.
Hay un truco casero que lleva décadas funcionando y sigue siendo útil: mezcla agua con jabón y aplícala con una esponja sobre las conexiones, las juntas o las zonas donde sospeches que puede haber un escape. Si aparecen burbujas, ahí está la fuga. Es sencillo y puede darte una respuesta rápida antes de llamar a un profesional.
Lo primero y más importante que hay que hacer si sospechas que hay una fuga es no encender ni apagar ninguna luz. Los interruptores eléctricos generan una pequeña chispa que, en un ambiente con gas acumulado, puede ser suficiente para provocar una ignición. Por la misma razón, nada de encendedores, cerillas ni cigarrillos. Y tampoco uses el teléfono dentro de la vivienda.
Lo que sí debes hacer es abrir las ventanas de par en par para ventilar, cerrar la llave de paso del gas si sabes dónde está y puedes hacerlo sin riesgo, salir de la vivienda con calma y llamar al servicio de emergencias o a tu compañía de gas desde fuera. Parece exagerado hasta que dejas de pensar en ello como una precaución y lo piensas como lo que es: un protocolo que existe porque ha salvado vidas.
Todos estos consejos de toda la vida funcionan y hay que conocerlos. En la actualidad, además, la tecnología nos permite dar un paso más: no esperar a oler el gas, sino detectarlo antes de que llegue a ser un problema.
Los detectores de gas domésticos llevan años en el mercado, pero los modelos actuales tienen poco que ver incluso con los de hace una década. Los más básicos cumplen una función esencial: miden de forma continua la concentración de gas en el ambiente y emiten una alarma sonora y visual cuando detectan niveles peligrosos. Se instalan cerca de los puntos de riesgo como cocina, caldera, calentador… y funcionan las 24 horas sin que tengas que hacer nada más que cambiarles las pilas o comprobar periódicamente que están operativos.
La tecnología avanza, y existen los detectores inteligentes: se conectan al WiFi, se sincronizan con una aplicación en tu móvil y te envían una alerta instantánea si detectan una fuga, estés donde estés. Algunos muestran lecturas en tiempo real de la concentración de gas, guardan un historial de alarmas e incluso miden la temperatura ambiente. Si estás de vacaciones, en el trabajo o simplemente durmiendo, el detector hace de centinela y te puede avisar antes de que la situación se complique.
Los modelos más avanzados van un paso más allá y se integran con sistemas de domótica. Eso significa que, ante una detección, no solo te avisan: pueden activar automáticamente la ventilación, cerrar una electroválvula que corte el suministro de gas o encender luces para facilitar una evacuación. Es el tipo de automatización que cuando la tienes no piensas en ella, pero cuando la necesitas te cambia la vida.
No obstante, no todos los detectores detectan lo mismo. Un detector de gas natural o butano no es lo mismo que un detector de monóxido de carbono. El primero detecta la presencia de hidrocarburos en el ambiente, es decir, el gas que se escapa de una tubería o un aparato. El segundo detecta el monóxido de carbono, que es un gas tóxico que se produce cuando un aparato de gas quema mal, es decir, cuando la combustión es deficiente.
Son riesgos distintos y necesitan sensores distintos. Lo ideal en una vivienda con instalación de gas es contar con ambos. El de gas natural o butano se coloca en alto si usas gas natural (porque es más ligero que el aire y tiende a subir) y en bajo si usas butano o propano (que son más pesados y se acumulan en el suelo). El de monóxido de carbono se instala a la altura de respiración, a metro y medio del suelo aproximadamente. Hay modelos que combinan ambas funciones en un solo dispositivo, lo cual simplifica mucho la instalación.
Y, sin duda, la herramienta más eficaz de todas es la prevención. Revisar la instalación de gas una vez al año con un técnico autorizado, asegurarse de que la ventilación de la cocina y de la estancia donde esté la caldera funciona correctamente, no tapar nunca las rejillas de ventilación y sustituir los equipos antiguos que no cumplan la normativa vigente son gestos sencillos que reducen drásticamente el riesgo.