Mutua Madrileña
Comunicación Corporativa
Mas allá de los dispositivos conectados y sus ventajas tradicionales, el uso de la IA (inteligencia artificial) en los electrodomésticos contribuye a reducir el sentimiento de ‘saturación” de las cargas cotidianas.
Llevábamos décadas escuchando un murmullo que se transformaba en una promesa: el hogar inteligente. Durante años fue una especie de Arcadia que mezclaba la domótica cara, gadgets poco interoperables y soluciones que, en la práctica, complicaban su configuración y su mantenimiento real. Sin embargo, con quietud, de forma tranquila, algo está cambiando. Ajena a grandes titulares. Escribiendo palabras discretas. La inteligencia artificial (IA) ha empezado a integrarse en los electrodomésticos de uso cotidiano. Esta alianza resulta más pragmática que deslumbrante. El propósito ya no resulta impresionar. Al contrario. Funcionar, disminuir la fricción.
Ese concepto que estuvo tan de moda de dispositivos “conectados” se ha ido disolviendo como la bruma de la mañana en primavera. Surgen, en su lugar, sistemas que toman decisiones por nosotros en contextos muy concretos. “Una lavadora que detecta el tipo de tejido y la carga no es slo un simple electrodoméstico con sensores: es una máquina que elimina una mínima decisión cotidiana”, narra Enrique Dans, tecnólogo y profesor de Innovación en la IE Business School. “Una nevera que te avisa de que un producto está a punto de caducar no es un alarde tecnológico, sino una forma de reducir el desperdicio y, de paso, evitar ese momento tan habitual de abrir la puerta, mirar dentro y preguntarse: “¿Esto continúa siendo comestible?”, se interroga el docente.
Es igual que una ecuación. Un sumatorio de variables a la espera de un resultado. La respuesta es la acumulación de muchas pequeñas automatizaciones. Es el cambio de la IA. Genera estratos. Es fácil verlos, es fácil tocarlos. Un robot aspirador que limpia mientras no estás en casa no cambia la vida radicalmente, pero suma. Un horno que se ajusta por sí mismo —de forma inteligente— el tiempo y la temperatura según el plato escogido no convierte a nadie en un chef con estrellas Michelin, pero reduce los errores y mejora los resultados. Cada una de estas decisiones —a partir de la IA— parecen triviales, sin embargo juntas trazan algo diferente: un entorno doméstico que empieza a gestionar rutinas sin necesidad de intervención constante. Estás más tranquilo si te vas de vacaciones, y las luces se encienden y apagan, de forma aleatoria, para simular que hay alguien en casa.
La inteligencia artificial (IA) ha empezado a integrarse en los electrodomésticos de uso cotidiano.
Y aquí es donde cambia el relato. Durante años la gramática sobre el hogar inteligente se centraba en esa idea perezosa de “hacer menos”. ¡Ya lo hará la máquina! Ahora hay un giro hacía una calle bastante más interesante y mejor iluminada: la eficiencia. Menos consumo energético. Porque los dispositivos optimizan su funcionamiento, un nivel de desperdicios más bajo y, algo trascendente, menos tiempo malgastado en tareas repetitivas que, aunque pequeñas, ocupan espacio mental. Ese “territorio” quizá sea el recurso más escaso del día a día. Va más allá del tic-tac físico; es atención. Decidir qué programa usar en la lavadora, recordar qué queda en la nevera o cuándo limpiar el suelo son pequeñas “cargas cognitivas” que sumadas contribuyen a ese sentimiento de saturación constante. Es escribir otra frase: gestionar la atención.
La casa se convierte en un paisaje que ayuda con las emociones, el día a día, descarga la mente de tareas rutinarias, y ayuda a que las personas concentren más su tiempo en vivir. Gracias a la mano tendida de los electrodomésticos con inteligencia artificial.